Mojácar, entre árabe y mediterránea

Su caserío blanco destaca, sobremanera, sobre el escarpado y abrupto cerro donde se asienta el viejo caserío de la localidad. Y es que Mojácar (Almería) parece, visto desde la lejanía, un ovillo blanco abrazado a su peana. Una vez se llega el pueblo, el viajero descubre que, a la inversa, lo que se ve es una excelente panorámica sobre una buena parte del Levante almeriense.

De factura urbana de clara inspiración morisca, en las formas redondeadas de las viviendas, sus cúpulas y las escalinatas que a cada paso se abren, al viejo Mojácar hay que recorrerlo, obligatoriamente, a pie, sin prisas, descansando de tanto en tanto, mientras se trepa por sus callejas blancas, empinadas y serpenteantes.

Todo el que hasta aquí se llega coincide en señalar que la localidad tiene algunos de los más hermosos miradores de toda Almería… siendo uno de los más visitados aquel que dicen de la Plaza Nueva y desde el que se divisan las vecinas –y no tanto- localidades de Turre, Bédar, Los Gallardos, Vera, Garrucha y Cuevas de Almanzora.

Allí mismo, en la Plaza Nueva, se alzaba un castillo que, en lo que de sus muros quedan, se levantó en el siglo XIX un auditorio de música.. que aún hoy es escenario de conciertos. Es esta una nota de adaptación a los tiempos modernos en un pueblo que, en sus calles y plazas mínimas es tipismo en estado puro y nada apostado. Aquí, por poner un ejemplo, muchas panaderías siguen cociendo el pan en hornos árabes, lo mismo que las recetas que confiterías y restaurantes elaboran tienen una clara estirpe morisca.

Visitada y fotografiada la Fuente de los Caños, en donde, durante generaciones, ha transcurrido la vida del pueblo, no se puede abandonar la localidad sin visitar antes la iglesia de Santa María. Erigida en el siglo XVI sobre los restos de lo que fue mezquita aljama, sorprende en su aire militar y defensivo… aunque, quizás, la sorpresa no sea tanta cuando se sepa que Mojácar, como el resto de localidades del Levante español sufrieron, durante siglos el acoso de los piratas sarracenos, que asolaban un año sí y otro también.