Jaén

Nacida la cuidad de Jaén, en un tiempo muy remoto, como lugar de oración y culto, no fue hasta tiempos de los cartagineses cuando, por su valor militar –su posición de vigilancia sobre los pasos de los ríos Guadalbullón, Quiebrajano y Frío es de una más que evidente importancia estratégica-, se fue convirtiendo en posición y población fortificada que se fue extendiendo por el sur y este del poderoso peñasco rocoso de Santa Catalina. Así, en lento descendimiento hacia la llanura, Jaén fue creciendo (la Basílica de San Ildefonso, la Puerta del Ángel -lo que hoy es Alameda de los Capuchinos-), levantando su primer barrio extramuros, allá por el siglo XVII, en la que aún hoy es Barrio de La Alcantarilla.

Descrita pues la orografía en la que nació y creció Jaén (como otras capitales de provincia –Teruel, Girona, Zamora...- bella ciudad que suele pasar desapercibida para el viajero), a nadie tiene que extrañarle que su callejero se caracterice por ser crisol de avenidas de pronunciada pendiente, calles en cuesta y callejas con escaleras.

Quizás un buen modo de empezar a recorrer Jaén (la que fuera Aurgi para los romanos o Yayyan para los hispanomusulmanes) sería entrar a la ciudad por su parte más moderna. Así se irá topando el viajero, casi sin querer, con el barrio de San Ildefonso y, algo más adelante, ya en pleno casco histórico, con la catedral, soberbio edificio renacentista construido por los arquitectos Andrés de Vandelvira, Alonso Barba y Eufrasio López de Rojas. En su interior se custodia la figura Nuestro Padre Jesús Nazareno, conocida popularmente como “El Abuelo”, que es muy venerada por los jiennenses o jaeneses.

A partir de aquí, y después de visitar el cercano palacio de los Vilches –su espléndido pórtico renacentista bien merece que el viajero se acerque por allí-, se irá callejeando en pos de los diferentes legados arquitectónicos y artísticos que esconde Jaén: la plaza de la Merced, el palacio del Capitán Quesada, la iglesia de La Merced, la Fuente Nueva,etc. Y así, sorpresa a sorpresa, uno se va acercando hacia el verdadero corazón de la ciudad, su parte más antigua, aquella levantada en tiempos del medievo. Se llegará hasta allí en el momento en el que alcance el Arco de San Lorenzo.

Por estas callejas, de blanca fachada, la mirada del viajero va descubriendo una ciudad repleta de iglesias y conventos, siendo especialmente recomendables las iglesias de San Bartolomé (el artesonado mudéjar es sencillamente soberbio) y la de San Juan –de estilo gótico- así como el convento de Santa Clara, el más antiguo de la ciudad y en el que las monjas clarisas que allí viven elaboran –y venden- unos dulces sencillamente deliciosos.

A estas alturas seguro que el paseo ya ha alcanzado lo que fue territorio de la vieja judería y tiene al alcance el Palacio de Villdompardo, hoy sede del Museo de Artes y Costumbres Populares y el Museo de Arte Naïf, edificio que protege, en su sótano, la joya de la ciudad: los baños árabes más grandes de toda Europa –para hacerse una idea de las dimensiones baste decir que la cúpula semiesférica de su sala templada se apoya sobre ocho arcos de herradura-. Un paseo por las salas fría, templada y caliente de los baños supone un regreso a la época en la que el hombre fue la medida de todas las cosas.

Y allá arriba, sin parar de caminar, espera el castillo de Santa Catalina. Símbolo de la ciudad, que se alza a ochocientos metros de altura –hoy Parador de Turismo-, allá arriba esperan al viajero unas imponentes vistas sobre los tejados de la ciudad y sobre los inmensos olivares que se extienden por los cuatro puntos cardinales. Allá abajo, en cualquier taberna, queda pendiente saborear, la más típica de las comidas jienenses: la tapa. Almoronía , lomo en manteca blanca, flamenquines, bacalao en yema, manitas de cerdo con caracoles o la olla de San Antón, no faltará donde elegir y siempre con el acompañamiento de los vinos de la tierra de la vecina Bailén.