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Parque Nacional Ordesa y Monte Perdido

Entre profundos y verdes valles y montañas de afiladas formas y desnudas cimas, este parque nacional (uno de los más antiguos de España) alberga estampas de esas que, por si solas, ya merecen una postal propia: las gradas de Soaso, la cascada de la Cola de Caballo, el impresionante Tozal de Mallo, la faja de flores que recorre el barranco montañoso desde el circo de la Carriata hasta las clavijas de Cotatuero… Una cosa es clara, nadie, después de haber visitado el parque, permanece indiferente a lo que allí ha conocido. Ya sea en un agradable y tranquilo paseo por las cascadas de Soaso, o tras una esforzada ascensión alpinista a los picos Monte Perdido (3.355 metros), Añisclo o Soum de Ramond (3.263) y Marboré (3.328). Lo mismo da, que da lo mismo. Lo importante es que este paraje, al que, no sin justicia, llaman Paraíso de los Pirineos, es espacio que ofrece genuina belleza e intensas sensaciones a todo el que llama a su puerta…ya sea para pasear por los pueblos que quedan dentro del límite del parque (Bielsa, Broto, Fanlo, Puértolas, Tella-Sin y Torla); para caminar por sus densos pinares o para escuchar las cantarinas aguas de los ríos Arazas, Bellos, Yaga y Cinca descendiendo, respectivamente, por el fondo de los valles Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta.

Otra circunstancia que caracteriza a este parque natural es la variedad de sus ecosistemas –no en vano, aquí se han catalogado mil quinientas especies vegetales diferentes-. Quebrado, profundo y elevado, las diferentes condiciones de humedad, temperatura, exposición al sol –o a la sombra- y altitud. La combinación de todas estas variantes, en variadas combinaciones, es lo que hace que del hayedo se pase al pinar, al soleado prado o al bosque de ribera. Para conocer estos y otros lugares, los responsables del parque han trazado múltiples senderos a su largo y ancho. Entre ellos, y si hubiera que recomendar alguno o algunos, nunca podrán dejar de mencionarse tres. Por un lado, todo un clásico, el que lleva hasta la Cola de Caballo desde la Pradera de Ordesa, una excursión donde no faltará un paisaje idílico en forma de verdes prados, espesos bosques y ríos…. En segundo lugar, y tan recomendable cómo el anterior, el que, saliendo desde Rebilla, culmina en el Mirador de la Garganta. Siempre acompañado por las aguas del río Yaga, el caminante va encontrando, a su paso, un corolario de barrancos, acantilados y miradores colgados sobre espectaculares vistas. ¿Y que decir, en tercer término, de la subida a los Llanos de Larri, vistas espectaculares del macizo de Monte Perdido cómo premio al esfuerzo?.

Común a estos y a otros senderos es la posibilidad de encontrarse con alguna –o algunas- de las especies animales que aquí viven: 38 especies de mamíferos, 68 de aves nidificantes (unas 120 si contamos las emigrantes), 8 de reptiles y 5 de peces. ¿La posibilidad con más papeletas de hacerse realidad? Pues, por este orden: el rebeco –aquí llamado sarrio (hay más de dos mil ejemplares contabilizados), corzos y jabalíes. Más difícil –mucho más- será el encuentro con un oso… por mucho que veinte/veintitrés ejemplares estén aquí empadronados. Claro que, con el simple gesto de echar la vista al cielo, ya nos encontraremos, a no mucho tardar, con uno de los reyes del aire, el quebrantahuesos… el mismo que Félix Rodríguez de la Fuente inmortalizara, en imágenes, rompiendo un huevo de avestruz con piedras. ¿Su peculiaridad? Varias son, pero quizás la más contundente es que sea una de las aves más grandes que habitan el planeta Tierra. Mejor no olvidar los prismáticos.

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