La montaña de Somiedo

Ajenos, durante bastante tiempo, a las corrientes turísticas que, desde hace bastantes años, recorren Asturias, los somiedanos siguen recibiendo con ilusión, manifestado en grandes sonrisas en el rostro e inagotables (aparentemente) ganas de conversar. Y es que, hasta que la zona no fue declarada parque natural, allá por el año 1988, toda la comarca de Somiedo era lugar que permanecía bastante cerrada al foráneo, con sus gentes dedicadas a sus ganados. Luego, con la mejora de las vías de comunicación, todo comenzó a cambiar.

Da lo mismo que se venga desde León o de Oviedo. En todo caso, la carretera por la que se accede siempre acabará desembocando el Pola de Somiedo, capital de la comarca. Luego, desde aquí, carreteritas de montaña se pierden por los cinco valles que componen el parque: Lago, Sapiencia, puerto de Somiedo, Perlunes y Pigueña. Todos ellos grietas entre las agrestes elevaciones de Picos de Europa, se ponga rumbo hacia donde se ponga rumbo, lo que hallará el viajero será un paisaje teñido de múltiples colores y texturas entre las que destacan las propias de bosque, pasto y gris del suelo de granito.

Claro, que según se venga de un sitio o de otro, la postal de presentación será distinta, muy distinta. Así, si se llega desde Oviedo, lo primero que se hallará será un fascinante y compacto bosque atlántico en el que crecen abedules, robles, acebos, castaños y hayas. En cambio, si el visitante llega de León, lo que encontrará primero será el gris de la roca calcárea tallada por la naturaleza en sus agresivas formas, puntiagudas aristas, vertiginosos desfiladeros, altos picos… y, por todas partes, se venga de donde se venga, se caminen por donde se camine, agua, mucho agua… agua que se hace forma en espectaculares lagos glaciares o en cantarines arroyos que corren entre los árboles del bosque, entre musgos y helechos.

Este es el paisaje que, durante siglos, han recorrido, con sus rebaños los vaqueiros de alzada, vaqueros sabios en practicar la dura trashumancia de alta montaña. Vivían, con sus familias en los teitos, unas curiosas cabañas en las que las familias trashumantes compartían vida y espacio con sus animales. Cubiertas las cabañas con un curioso tejado vegetal de ramas de escoba y pirono, aún hoy unas cuatrocientas siguen en pie, algunas de ellas habitadas…aunque hoy ya sólo por humanos. Son catorce kilómetros, pero conviene tomarse un tiempo para recorrer la Ruta de los Lagos. Se descubrirán estos y otros detalles de esta hermosa comarca…vaquera.