Sigüenza, la villa del Doncel…y de los obispos

Ha de saberse que la vista de la población resulta igual de espectacular desde el tren que desde la carretera de Madrid, cuando tras la última curva surge la villa episcopal coronada por el castillo. Pero el viajero ha optado por el ferrocarril y, desde la estación, inicia un caminar que, en realidad y, casi sin caer en ello, se convierte en iniciación, en inmersión hacia el medievo.

El forastero levanta la cabeza. Casi es inercia este proceder. Allá arriba, coronando el caserío y sobresaliendo de entre los techados de teja moruna, los pináculos y cúpula de la imponente catedral atraen como un imán. Siempre ocurre. Es algo inevitable. La seo, un templo fortaleza de estilo cisterciense, se empezó a construir en el siglo XII. Dentro, espera al visitante la famosa estatua semiyacente del Doncel, aquel noble guerrero que en realidad se llamó Martín Vázquez de Arce y que acompañó a los Reyes Católicos en la conquista de Granada; la sacristía de las Cabezas, una bóveda con cientos de cabezas y ninguna igual, trazadas por Covarrubias; las capillas, el coro, los rosetones de estilo románico y gótico… Multitud de pequeñas pinceladas artísticas que conforman, todas juntas, un soberbio monumento que hablan de la pujanza y del auge cultural de esta ciudad en los siglos XVI y XVII.

Sugerente y atrayente, el templo espera que se acerquen a él viajeros de toda confesión –y sin ella-, que caminen por sus galerías, levanten la mirada hacia sus capillas y bóvedas…Y todo ello se hará, pero cuando llegue el momento. De momento, se acaba de llegar a la ciudad, se está en la parte baja de la villa y aún queda bastante trecho por andar. Y es que la tarea requerirá su tiempo, estando como está Sigüenza cuajada de historia y arte, arte e historia, entrelazadas la una en la otra. Así, y prendiendo el cabo de la madeja que ha de llevar hasta el muy celebre sepulcro, puede resultar imperdonable no visitar antes la Casa del Doncel, donde vivió Don Martín, el célebre tallado.

La ciudad hay que pasearla al atardecer, mejor en días de diario; recorrer su calle Mayor y cruzarse con algún que otro sacerdote de sotana preconciliar. Luego, descansar en la Alameda, lugar tan agradable que es fama que en ella celebraba sus consejos de ministros, durante los meses de verano, el que fuera jefe de gobierno con Alfonso XIII, el conde de Romanones. Además, visita casi obligada es el museo Diocesano, frente a la catedral, en el antiguo palacio de los Gamboa. Conviene así mismo acercarse a la plaza de España, una de las más típicas de toda Castilla, donde se levanta el Ayuntamiento.

Leyes hechas arquitectura

Sede principal de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara –ayer y hoy- la mitra impone sus planos en el desarrollo urbanístico de la ciudad. No hay más que echar la mirada atrás y ver la mano del arzobispo, por ejemplo, en la ubicación de la judería. Y es que, a principios del siglo XV, en 1412, Juan II dispone que los judíos vivan apartados de los cristianos. Entonces la judería seguntina, esparcida entre la calle de San Vicente, Travesaña baja y cercanías de la puerta del Hierro, viene a concentrarse extramuros de una muralla, si bien hubo quien optó por la conversión al cristianismo permaneciendo en su lugar. El mercado, que se venía celebrando alrededor de este sector, se trasladará entonces a una plaza nueva, la actual plazuela de la Cárcel.

El tiempo pasa y la Ilustración llegará para dejar su huella en la villa. Es entonces cuando se levanta el barrio de San Roque, mandado construir, a fines del siglo XVIII, por el Obispo Juan Díaz de la Guerra, para ampliar el entramado urbano de la ciudad en dirección norte, al pie de la muralla. Para ello, se diseña un pequeño barrio en estilo barroco con un trazado arquitectónico perfecto: dos calles rectas y amplias, Medina y San Roque, que se cruzan formando la denominada plaza de Las Ocho Esquinas.

Y es que, así es Sigüenza, una ciudad única, maravillosa, que mantiene vivo su medieval espíritu. Una Alameda junto al río Henares, una catedral románica a media ladera, un castillo poderoso en la altura, y un laberinto de calles, de plazas y pasadizos que enlazan sus viejos y nobles edificios… nobles como los espejos de marco dorado y cristal envejecido que elaboran sus artesanos.