El Croscat, La Garrotxa

Hoy la cicatriz del Croscat ya no sangra óxidos y azufres, pero permite al viajero descubrir los definidos estratos que ascienden hacia su cima.

Pero éste no es un cráter más. Allí crece la Fageda d´en Jordá, un hayedo que invita a disfrutar de las sensaciones de un paseo en soledad o, al menos, en compañía de alguien que ame el silencio sonoro de la naturaleza, que sepa interpretar sus palabras a través del crujido de la rama que, en el momento más inesperado se rompe bajo los pies; el aleteo de un petirrojo revoloteando entre los árboles…

Es este bosque uno de esos rincones que parecen hechos para soñar, plantar el caballete o el lienzo del pintor o, dejándose llevar por las alas de la imaginación, vivir un cuento…un cuento cuyos capítulos hablan de estaciones, de matices, de colores.

El otoño en la fageda es especialmente atrayente por la gama de colores rojizos y dorados que adquieren las hojas antes de caer. Marchita ya lo que, no hace mucho, había sido exuberancia estival, pleno de color y vida, el hayedo va perdiendo su cobertura de verdor. Las hojas, teñidas de un verde, casi insultante, desde el mes de abril, se tintan de rojo y amarillo y, una a una, se sueltan de las ramas y tapizan el suelo con una manta corinto de mullida textura. A esas alturas del año, después de que las copas de los árboles hayan vestido, durante algunas semanas, de intenso rojo, las hojas se soltarán de las ramas y tapizarán el suelo con una manta corinto de mullida textura.

Después de dejar el coche en el Área de Can Serra, junto a la carretera de Olot a Santa Pau –en este lugar también se puede optar por tomar un coche de caballos para, en divertida expedición, recorrer el interior del bosque en una excursión que dura, aproximadamente, una hora- el viajero descubre un rincón de singular orografía. La Fageda crece sobre la colada de lava del Croscat, el mayor volcán de la Península Ibérica, con 160 metros de alzada. Durante su última erupción, la lava se derramó sobre unas antiguas marismas…cuyo agua, evidentemente, se evaporó, dejando para la posteridad el peculiar aspecto ondulado del suelo. Y es que, la orografía del paraje semeja ser un sembrado de pompas, presentando un cierto parecido con la superficie de un pequeño mar. Estas ondulaciones, que pueden alcanzar hasta los veinte metros de altura, son conocidas entre los lugareños con el nombre de tossols.

Absolutamente recomendable pues perderse -en un sentido figurado- por este rincón que glosara el poeta Joan Maragall, un literato catalán que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX. Al pie de la escalera que da entrada a este bucólico paraje, un monolito erigido en su honor y que sirve de soporte para unos versos, por aquel firmados y dedicados al hayedo, que comienzan... Te atrapa un dulce olvido de todo el mundo, en el silencio de este lugar profundo.

Los vecinos de la Garrotxa comprendieron pronto que no tenían más remedio que aprender a vivir con la naturaleza que les rodeaba. Para recordarlo no tenían más que arañar un poco la capa de vegetación sobre la que pisaban…y pisan. Bajo sus pies, tonos rojizos y oscuros les hablan de aquel pasado. No pudiendo domesticarla, trataron de sacar provecho de ella…y lo consiguieron. Desde cocinar con el calor procedente del subsuelo hasta construir con rocas volcánicas.

Pero la magia del hayedo no se acaba en su espiritualidad. En el límite del bosque existe un lugar donde los sueños se hacen realidad. Se trata de una cooperativa mixta de integración sociolaboral de personas discapacitadas psíquicamente y con trastornos mentales severos.

Estas personas, en vez de hacer bolsos de macramé, lámparas de cartón o meter minas en los bolígrafos, trabajan en una empresa de yogures de granja que funciona a pleno rendimiento, exactamente igual que la que podría montar cualquiera de nosotros, que nos autodenominamos normales. Tienen establecido un horario laboral y viven de su trabajo. Eso es el resumen de una historia que tiene un nombre propio, además de peculiar: Cristóbal Colón…un duende de verdad.