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Mérida, huella romana en Extremadura

Cuando un parroquiano, sentado en una mesa próxima, ve el contenido de la mochila de aquel –libreta de notas, guía de la ciudad, cámara fotográfica…-, no tarda demasiado en lanzar la esperada pregunta: ¿Viene usted a ver las ruinas? A la respuesta afirmativa sigue un lamento por lo mucho que aún oculta esta ciudad y que aún no ha sido desenterrado –Yo mismo tengo el frigorífico dentro de un arco que apareció al excavar el sótano de mi casa-. Comentarios similares a éste se escuchan en las cuatro esquinas emeritenses…por lo que un mucho de cierto debe de haber en ellos. Por esta razón, y desde hace algún tiempo, cuando en Mérida se tira una casa se deja sin construir, para que se vean las ruinas, o bien se construye sobre unos pilares ­eliminando el piso bajo, diríamos­ para que se puedan verse, bajo la construcción, restos de casas, mosaicos, o las grandes piedras de las vías romanas.

Una primera impresión…que no cuenta

Resbalando por una suave colina, reflejada en las aguas del río Guadiana, el pie de la Vía de la Plata…El lugar escogido para construir la ciudad fue estudiado cuidadosamente por los soldados romanos quienes, como buenos estrategas, buscaron una posición fácilmente defendible. El lugar era perfecto, rodeado de fértiles valles y localizado a la vera de la Vía de la Plata y sobre el punto de encuentro de las calzadas que comunicaban las actuales Lisboa, Córdoba y Zaragoza.

Cierto es que, vista desde el pretil del viejo puente romano, la villa no resulta, en exceso, sugerente. Desde allí, erizada de edificios modernos, Mérida semeja un gran poblachón, achaparrado, sin nada que destaque demasiado. Mejor tener paciencia. En la parte más alta de la colina, allí donde aún puede seguirse el trazo de la vieja muralla romana, espera un delicioso conjunto conformado por teatro, anfiteatro y Museo Nacional de Arte Romano, firmado éste último por el arquitecto Rafael Moneo.

Conviene llegarse hasta allí y dejarse llevar por las sensaciones, por una atmósfera aún empapada del bullicio y griterío de una Emerita Augusta ansiosa por divertirse. Ya en el teatro, y mientras deambula por graderíos y peristilos, el viajero no tarda en apreciar, a poco que abra los sentidos (en estos lugares no solo hay que ver, sino también oler y, cuando lo permita la autoridad competente, tocar) colores, formas y voces de tan remotos días.

Desde la orchesta, que en forma de media luna, separa escenario y graderío, se intuye la composición del publico asistente, a fin de cuentas, reflejo a escala de la sociedad de la época. La cavea baja -o ima- era el lugar reservado a equites o caballeros (banqueros, comerciantes, prestamistas,...), ocupando la plebe la media cava y teniéndose que contentar el esclavo –que remedio- con contemplar el espectáculo desde la summa cavea o gradería alta.

En uno de los carteles explicativos que rodean al teatro, el viajero lee una leyenda. Los amantes de lo legendario pueden ir anotando una nueva historia, ingeniada, en este caso, para explicar el ruinoso estado que presenta este sector del graderío. Sucede que, a resultas del hundimiento de los vomitorios de acceso, quedó la summa cavea dividida en siete porciones. Esta es la verdad en plata, prefiriendo la tradición asimilar los siete grandes mojones a siete tronos que en su día pertenecieron a otros tantos reyes moros que aquí deliberaban.

El escenario es la parte más valiosa -arquitectónicamente hablando- de todo el recinto, en gran parte debido a la colorista combinación de diferentes tipos de mármol: el rojo de los basamentos, combinado con el azul de los fustes y el blanco de los capiteles es todo un regalo para el objetivo de nuestras cámaras. Los días nublados, o en su defecto, en el ocaso del atardecer, la luminosidad aporta un tono delicioso a un entorno de ruinas e ídolos de mármol.

Una red de agua corriente

La arcada del acueducto de San Lázaro no queda lejos. Con sus aproximadamente cuatro kilómetros de longitud, es de una altura considerable. Caminar bajo sus muros, y levantar la mirada hacia sus hiladas de arcos es una delicia. Mampostería bien cortada, armoniosos arcos de medio cañón, sólidas bóvedas…. A ojos de cualquiera que acierte a pasar por allí, uno de los elementos más interesantes, y mejor conservados, de toda la construcción es la llamada Casa del Anfiteatro, en realidad una torre de decantación del propio acueducto (así se evitaba que el agua llevara posos). Levantado en sillar, mampostería y ladrillo y vecino del anfiteatro –de ahí el nombre- el edificio conserva bellos motivos geométricos en mosaico.

Colina abajo, callejeando por el caserío emeritense, no tarda en surgir, por encima de los tejados, la airosa silueta de ladrillo del Museo Nacional de Arte Romano. Normalmente, y cuando de visitas cortas se trata, parece preferible seleccionar bien los museos que merece la pena conocer -habría que tener en cuenta el tiempo del que se dispone, la calidad del museo y el interés real que tengamos por lo allí expuesto-. Sin embargo en casos como éste, no es cosa de pensárselo mucho, pues en sus paredes, pasillos y vitrinas se encuentra lo mejorcito de lo hallado en las excavaciones arqueológicas locales. Cerámicas, monedas, bustos, estatuas, mosaicos y demás creaciones romanas dan, junto con los templos y edificios ya visitados, una idea bastante global del vivir de la época. Mejor que no se lo piense dos veces y visite la muestra. Al final, hasta el más genuino de los viajeros acabará entrando en la tienda del museo…Algunas de las reproducciones allí expuestas son deliciosas…y no necesariamente caras.

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