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Hoteles en Santo Domingo de la Calzada

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Santo Domingo de la Calzada

Santo Domingo de la Calzada después de asada. Viajar a Santo Domingo de la Calzada, población de La Rioja y señera fin de etapa del Camino de Santiago, y no escuchar este dicho (no una, sino varias veces) es misión casi imposible. La frase está en boca de todos los nativos y escrita por todas partes. Sí, es dicho común, muy común, pero ¿de donde nace? Pues de un suceso, al parecer milagroso, que la tradición sitúa en días del siglo XI, cuando vivió el santo/ingeniero Domingo de la Calzada –el puente que hay a la entrada del pueblo es suyo-.

Parece ser que, llegando una pareja de peregrinos y su hijo (evidentemente, también peregrino) a Santo Domingo de la Calzada, fueron a hacer noche en una posada. Allí, tuvieron la desgracia de que la hija del posadero quedara prendada del guapo retoño de la pareja quien, según cuentan, no hizo el menor caso a los cantos de sirena de la posadera. Ésta, despechada, le acusó de robar una taza (que previamente le había introducido en su equipaje). El pobre fue juzgado y ahorcado y los padres, muertos de pena, continuaron camino. Pero Santo Domingo sostuvo al chico por los pies y cuando sus padres regresaron de Santiago vieron con asombro que su hijo estaba vivo. Acudieron al juez quien, incrédulo y fastidiado porque le habían interrumpido la comida, aseguró que si era verdad lo que decían que cantara la gallina (otras versiones hablan de gallo) que en esos momentos se estaba zampando. Y la gallina cantó y se puso a caminar.

Quien viaje hoy a Santo Domingo (de La Calzada) y entre en la Catedral, verá que hay un gallinero (con un gallo y una gallina) en el altar mayor. Supuestamente, ambos dos volátiles, son descendientes de aquel gallo cantor. Ah, antiguamente, los peregrinos pedían al sacristán, para sus sombreros, las plumas que se les caían a los volátiles (o, simplemente, las cogían ellos del suelo). Además, los romeros daban a comer los plumíferos migas pinchadas en las puntas de sus bastones de peregrino. Si los animales aceptaban la migaja es que llegarían sanos a Santiago.

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