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El Rastro de Madrid

El Museo del Prado, el parque del Retiro, la Plaza Mayor, la Puerta del Sol… y hasta, en los últimos tiempos, el estadio Santiago Bernabéu. Muchos son los lugares que, cuando se llega a Madrid (sobre todo si se hace por vez primera) hay que visitar si o si. Sin embargo, si en el caso de las ahora nombrados, hay algunas visitas más prescindibles –o imprescindibles- que otras, de entre las visitas madrileñas a realizar hay una que se debe realizar si… o si: pasar una mañana en El Rastro.

Cita ineludible en la primera mañana de domingo que se pasa en la capital –además de obligado paseo matinal dominguero para muchos madrileños (no espere uno hallar aquí sólo público turista)- el Rastro madrileño es mercadillo callejero, de todo y para todos, que se extiende por los aledaños de la calle Ribera de Curtidores, en el centro de Madrid, y en el entorno de un marco geográfico delimitado por las calles Toledo, Embajadores y Ronda de Toledo (y no demasiado lejos de la estación ferroviaria de Atocha).

Nacido la actividad comercial de la zona allá a comienzos del siglo XVI, cuando se situaba aquí el matadero de cerdos local (antes del siglo XVIII, la palabra rastro era sinónimo de carnicería, como lugar de desuello de animales) y un sinnúmero de tenerías –negocios dedicados al curtido de pieles (más tarde sustituidos por negocios de aprovechamiento de esas pieles: zapateros, curtidores, tejedores, sastres…)-, el Rastro es hoy lugar que concentra, en las mañanas domingueras –y también de festivos- a más de mil vendedores ambulantes y a un gentío que recorre las calles de un ambiente caracterizado por el colorido, el bullicio, el regateo.. y la búsqueda del chollo. Y claro, después del recorrer por los puestos, es seguro que el visitante no encontrará mejor forma de acabar la mañana que metiéndose, entre pecho y espalda, un digestivo vermú del grifo y unas tapas.

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