Zarauz y el Parque Natural de Iñurritza

Zarautz significa en euskera jara pura, lo que puede dar una idea de cual era el entorno que, antaño, rodeaba a esta villa marinera de la costa de Guipúzcoa. Llegando a ella, desde la vecina villa de Orio, por una carretera recortada en cerradas y empinadas curvas, según se desciende del monte Usategui (vocablo euskaldún que viene a decir lugar de palomas), la vista va descubriendo un pueblo abierto al mar y labrado en una agradable combinación de saber popular y señorial diseño. Pero todo eso queda en las calles del pueblo. Mientras se llega, la vista va descubriendo un crisol de variados cultivos, invernaderos, plantaciones de flores ornamentales y bosques salpicados de castaños, robles, pinos, alcornoques, madroños…

El descenso continúa. Allá abajo, en el valle, los caseríos, desperdigados, aquí y allá, van tomando forma. Mitad vivienda, mitad modo de vida, aún hoy en día son pequeños núcleos de población cuya existencia misma –o, más bien supervivencia- viene justificada, en gran parte, por su propia autosuficiencia. Ganado, productos de la huerta, ropas y hasta combustible, en forma de madera o carbón vegetal, salen de la actividad de los moradores de estas peculiares comunidades agrarias.

Apenas se alcanza el llano, sin importar que, en cualquier momento, surja un delicioso, fino y continuo chirimiri –eso también es el norte-, se busca el emblemático palacio de Narros, constante referencia en muchas guías de viaje y relatos de viajeros. El lema, labrado en el escudo de armas que pende de su fachada, y en el que se lee Zarautz antes que Zarautz, da fe de lo que es el espíritu local: siempre hubo población humana aquí…incluso antes de que su nacimiento como villa fuera oficial, lo que, según la documentación conservada, sucedió en el año 1237.

Larga historia pues la que labra los muros de Zarautz…y profusión de augustos y principales personajes como Orcolaga, al que decían Vicario de Zarautz. Después de prevenir y anunciar una gran tormenta que, efectivamente, se desencadenó el 15 de noviembre de 1900 (aquel acierto le dio una gran fama, tanto dentro como fuera de España), marchó a San Sebastián para establecer allí el Observatorio de Monte Igueldo, aún hoy en funcionamiento.

Contemplado, admirado y fotografiado el palacio, es momento de acercarse al aledaño mercado. Allí, a la entrada al recinto, las esquelas de los fallecidos en el pueblo, hablan del carácter de los lugareños. A ojos del forastero, es como una invitación pública a unirse al dolor de una familia, la familia formada por la comunidad. Dentro, merece la pena regalar los sentidos con un banquete de olores, colores, sonidos….Nada se escapa al espectro de las sensaciones, desde las campesinas que ofrecen sus legumbres y verduras recién cortadas –siempre de caserío- al pescadero que asea las piezas que le llegaron muy de mañana.

El paseo marítimo

Desde la calle Nafarroa, hay que buscar el mirador de Munoa, en el extremo oeste del arenal zarauztarra. Amplio, luminoso, entoldado en los días de sol y cercado tras una balaustrada de corte neoclásico, el escenario invita a acodarse, relajarse y dejar resbalar la vista por el horizonte...o por el extenso arenal –casi dos kilómetros de una a otra punta- que se extiende al pie. Es el Parque Natural de Iñurritza, un campo de dunas móviles y fijas abiertas al mar y ubicado entre la desembocadura de un pequeño arroyo, que presta el nombre al paraje, y los acantilados rocosos del puntal de Mollarri.

Terreno altamente salino, y aparentemente árido, a simple parece difícil que crezca allí vegetación alguna. Sin embargo, a medida que, tierra adentro, la incidencia del viento y la sal decrecen, surgen curiosas formaciones herbáceas. Distribuidas en formaciones de bandas, veinticinco especies vegetales distintas (quizás las más características sean las Medicago Marina y Galium Arenarium) dejan mecer sus flexibles tallos al capricho de la brisa.

Un anciano, viendo moverse a quien, a todas luces, parece forastero, comenta que las mareas suben y bajan cada seis horas. Añade que, si no se tiene prisa –y si paciencia- merecerá la pena observar la transformación de paisaje que se sucede a cada subida y bajada de las aguas que, en periodos alternos, irán cubriendo –o descubriendo- el arenal en la mitad de su extensión. Haciendo caso al sabio consejo, fácil será comprobar que es con la bajamar cuando la vida alcanza allí su máximo apogeo…y no sólo por los niños que, jugando en los meandros o correteando entre las rocas, buscan moluscos y cangrejos. Cuando quedan solas, y se sienten seguras, bandadas de aves buscan alimento entre el húmedo arenal. Zarapitos, trinadores, chorlitejos, archibebes, andarrios, corregimos…la mescolanza de graznidos y gritos aviarios todo lo llena.

Dibujado, sin espacio de transición, sobre el mismo límite urbano de Zarautz –incluso, parte del espacio dunar ha sido ocupado por un campo de golf- el hábitat es cruzado por un sendero que permite recorrerlo con comodidad. Transitándolo a primeras horas de la mañana, y haciendo paradas, de tanto en tanto y aquí y allá, cualquiera podrá recibir un caudal de sensaciones en forma de cielo veteado de nubes; brisa marina que tonifica el rostro del que la recibe de frente; clara luminosidad que todo lo impregna; los vuelo de las aves enlazando, en constantes planeos rasantes, acantilados y playa…

Acabado el arenal, merece la pena proseguir el sendero que, entre tojales, sube hasta los acantilados de Talaiamendi para, desde allí abrazar una postal en la que caben, además de las dunas recién visitadas, Zarautz, Getaría..y, algo más lejos, la punta Izarritz, tras la que se oculta la playa de Orio y la desembocadura del río Oria. Mucho más cerca, a escasos metros de allí, otro sendero vuelve a descender el precipicio hasta los escollos enfrentados a la isla de Mollari, un lugar mágico en el que los submarinistas disfrutan de un fondo de arena fina sumergido bajo una capa de aguas cristalinas.

Pero no se tenga duda. Éste es sólo uno de los miradores naturales que puntean la comarca y a los que merece la pena acercarse. Aupado a las alturas de otros acantilados, caso de Nola (al este) o Iteiko (hacia el oeste), el viajero también divisará un paisaje de agrestes formas, profundas calas y abrigados puertos. Viendo el afilado corte de las rocas, y sintiendo el viento que por allí sopla, no se hace difícil entender que en este tramo de costa acontecieran naufragios como el del carguero alemán Gustavo. Ocurrió un 12 de diciembre de 1874 y todavía hoy, en los días de bajamar, se ve asomar frente a la redondeada y cercana loma de Talaimendi, parte del casco del desventurado navío. Antaño, desde este montículo, se indicaba a los pescadores que faenaban en la mar, mediante unas banderolas, la dirección que tomaban los bancos de peces. Y es que Zarautz es marinera por los cuatro costados… y esto, hasta en sus panorámicas se observa.