Pamukkale, un castillo de sal que parece de algodón

En realidad una sucesión de formaciones calcáreas que semejan terrazas o cascadas, Pamukkale, significa, en turco, castillo de algodón… y a buena fe que hace honor a su nombre. Situada en la provincia de Denizli, en la zona sudoeste de Turquía, este monumento natural se formó hace millones de años, cuando una serie de movimientos tectónicos en la cuenca del río Menderes dieron lugar a esta hilera de fuentes y piscinas termales, cuyo agua brota, de diecisiete diferentes fuentes, a una temperatura de 35º (no hace falta decir que el baño es sumamente agradable). Explicado el porqué de la peculiar forma topográfica del espectacular lugar -tiene ciento sesenta metros de largo por 2.700 metros de largo-, la explicación de su color blanco hay que buscarla en su suelo calcáreo y en la alta concentración de minerales que presentan estas aguas.

Con la antigua ciudad greco romana y bizantina de Hierapolis construida en lo alto del Castillo, el panorama que se observa desde la población de Denizli, emplazado en las colinas que quedan justo enfrente, a unos veinte kilómetros de allí es sencillamente espectacular.

Después de unos años en los que el turismo invasivo y masivo amenazó la belleza del lugar, construyéndose feos hoteles sobre las mismas terrazas y abriendo una carretera para que llegaran las motos, la Declaración de Patrimonio de la Humanidad para el lugar de Pamukkale consiguió revertir la situación –la carretera y los hoteles desaparecieron, consiguiéndose recuperar el paisaje anterior-. Ahora, por poner un ejemplo del nivel de protección, está prohibido meterse en el agua con cualquier tipo de calzado, a fin de preservar los depósitos.

El agua de Pamukkale es muy apreciada por sus beneficios para los ojos y para la piel, además de estar indicada para afecciones relacionadas con el reumatismo y el asma.